La Fuente de la Gracia de Van Eyck

El misterio del agua de vida en el Museo del Prado

Hay imágenes que no se comprenden de un vistazo. Exigen detenerse, volver sobre ellas, dejar que la mirada descienda lentamente, como el agua que fluye.

¿Qué secretos esconde una de las tablas más fascinantes del Museo del Prado? Atribuida al círculo de Jan van Eyck, La Fuente de la Gracia es mucho más que una joya del arte flamenco del siglo XV: es un complejo jeroglífico de fe, tensión histórica y reflexión teológica.

Contraste espiritual ante la Fuente de Gracia
La Fuente de la Gracia. Círculo de Jan van Eyck. c. 1447–1474. Museo del Prado. El agua desciende desde el trono hasta la fuente: nada se impone, todo se ofrece.

Esta tabla, atribuida al círculo de Jan van Eyck, se realizó en el siglo XV y hoy se conserva en el Museo del Prado.

Nos situamos en un momento de intensa reflexión teológica, marcado por debates sobre la fe, la gracia y la conversión, especialmente en relación con el pueblo judío. La imagen debe leerse desde ese horizonte histórico y espiritual.

El estamento cristiano ante la Gracia

El trono y el río: el origen de la vida eterna

La escena se inspira directamente en Apocalipsis 22,1: «El ángel me mostró el río de agua de la vida, brillante como el cristal, que brotaba del trono de Dios y del Cordero».

En el eje central aparece Dios Padre entronizado. A sus pies, el Cordero. De ambos surge un caudal de agua que desciende sin interrupción hasta convertirse en fuente.

El protagonismo no lo tiene una figura humana, sino el agua misma: transparente, continua, inagotable. Es la vida eterna ofrecida.

Arquitectura y liturgia: el coro de los ángeles

El espacio se organiza como un gran templete gótico, casi una catedral simbólica. A ambos lados del trono se sitúan María y san Juan Evangelista, testigos silenciosos.

En la zona inferior, los ángeles cantores introducen una dimensión litúrgica: no estamos ante una escena histórica, sino ante una visión.

Esta manera de construir el sentido a través de la luz y del espacio conecta con otros lenguajes visuales del cristianismo, como sucede en las vidrieras medievales y el simbolismo de la luz .

La Iglesia y la Sinagoga frente a la gracia

A los lados de la fuente aparecen dos grupos humanos. A la derecha, cristianos de distintos estamentos, arrodillados, en actitud orante.

A la izquierda, un grupo agitado, identificado tradicionalmente con el pueblo judío. No se les obliga ni se les violenta: el contraste no es físico, sino espiritual.

El desorden no procede de la fuente, sino de no beber de ella.

Los códigos ocultos: inscripciones y el acrónimo AGLA

Muchas de las inscripciones no son legibles. Sabemos que utilizan caracteres hebreos, pero sin un texto coherente, salvo una excepción fundamental.

En la zona media aparece Cantar de los Cantares 4,15: «Fuente que riega los jardines, manantial de agua viva».

Bajo el Cordero se esconde un acrónimo decisivo: AGLA, que puede expandirse como Atá Guibór le’olám Adonái — «Tú eres poderoso por siempre, Señor».

La clave de la obra no está en la confrontación, sino en la procedencia de la gracia.

El enigma de las monedas

Un detalle desconcertante: monedas en el interior de la fuente.

No aluden al precio de la salvación, sino a su gratuidad. La fuente no se compra: se recibe.

El propio título orienta la lectura: La Fuente de la Gracia. La gracia como don inmerecido, como acceso al agua viva.

Resuena aquí la Carta a los Romanos 5,1–2: «Por él hemos alcanzado, mediante la fe, la gracia en la que estamos firmes».

Una invitación abierta en tiempos de tensión

Esta obra fue concebida en un momento de especial tensión entre cristianos y judíos. En el siglo XV se debatía abiertamente si la conversión debía imponerse o pedirse en la oración.

La pintura es clara: la fuente no se tapa, no se oculta, no se reserva. El acceso al agua de la vida permanece abierto para todos los que deseen beber.

Solo el papa la señala, no como gesto de imposición, sino como promesa: ese caos puede terminar si se acoge la gracia que brota del trono de Dios y del Cordero.

Las monedas refuerzan esta idea. No hablan de un pago, sino de aquello que el ser humano ansía profundamente: la vida eterna y la remisión de los pecados, ofrecidas como don.

Resulta significativo que los cristianos no discutan ni acusen, sino que recen. El desorden no nace de la violencia, sino de no querer mirar más allá.

Leída hoy, la imagen genera incomodidad y polémica. Pero habla con claridad desde su tiempo: no de exclusión, sino de una invitación abierta a beber del agua que da la vida.

Esta manera de proponer la fe desde la imagen, sin imponerla, conecta con otras obras que invitan a mirar despacio, como ocurre en La Natividad más dura de Caravaggio .

Escrito por Ana Carlota Valle
Las Claves del Arte